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sábado, 23 de enero de 2021

Venezuela: qué se sabe de la operación policial en Caracas que terminó en una "masacre"

 





Agencias.
BBC Mundo.


El gobierno de Venezuela continúa con su política de mano dura contra la delincuencia.

El pasado fin de semana, un operativo policial, que incluía a miembros del polémico cuerpo policial FAES (Fuerza de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana), dejó 23 muertos en un barrio de Caracas, según Provea, una ONG de defensa de los Derechos Humanos.

La cifra de Provea se basa en datos de la propia policía y de las familias, que ya empiezan a denunciar "ejecuciones".

Hasta este martes, el gobierno venezolano no había dado su versión de lo sucedido.

"No hay comentarios por ahora", dijo a BBC Mundo sobre los hechos en La Vega un portavoz del Ministerio Público.

El fiscal general, Tarek William Saab, no respondió la petición de comentarios de BBC Mundo.

Tampoco el Ministerio del Interior, Justicia y Paz respondió a la solicitud de BBC Mundo.

¿Qué se sabe?

Desde la noche del viernes y durante el fin de semana, en las redes sociales los vecinos publicaron videos de la llegada de miembros de las FAES, fuertemente armados, al barrio de La Vega, en el oeste de la capital venezolana, y de los posteriores enfrentamientos.

"El foco fundamentalmente fue en La Zulia, que es una calle bastante larga en contacto con Las Torres, que es una zona estratégica territorialmente porque quien la controla también controla la boca suroeste de Caracas, que es un corredor importante", asegura a BBC Mundo Andrés, un vecino y líder social de la comunidad que prefiere usar un nombre ficticio por temor a represalias.

Marino Alvarado, coordinador de investigaciones de Provea, calificó lo sucedido de "masacre" y habló de 23 muertos.

"El enfrentamiento fue en la parte baja (de La Vega), pero aún en la parte alta, en la que vivo, se escucharon las detonaciones, se vivió mucha zozobra, estuvimos en mucha tensión durante los enfrentamientos", dijo a BBC Mundo por teléfono Amaranta, una vecina de la zona que también prefiere no dar su nombre real.

"Aún continúa mucha presencia de las FAES incluso en la parte alta", dijo la noche del lunes la mujer, que durante los enfrentamientos trató de no salir de casa, mantener a su familia alejada de las ventanas, no poner música y bajar el volumen de la televisión "para que no se dieran cuenta de que había gente".

Marino Alvarado aseguró que los 23 muertos son el mayor saldo de víctimas desde que el Estado venezolano comenzó la llamada Operación de Liberación del Pueblo (OLP), una polémica política de mano dura contra la delincuencia en uno de los países más violentos del mundo.

La vecina de La Vega, una parroquia tradicionalmente más tranquila que otras del entorno, teme por sus hijos adolescentes, a menudo objetivo de estos operativos por considerarlos como sospechosos de pertenecer a las bandas.

"Los amedrentan y les dicen: Te callas o te siembro. ¿Y cómo yo amarro a la pata de la cama a unos adolescentes?", dijo preocupada.

No hay detalles de contra qué banda actuaba la policía, aunque podría ser la del "Coqui", basada en la cercana zona de la Cota 905 y que es una de las más peligrosas de Caracas y las de mayor control territorial.

¿Cuán habituales son estas operaciones?

Operativos como el de La Vega son habituales en Caracas y en otras partes del país.

En los barrios populares se denuncia la ausencia del Estado y es habitual el control por parte de bandas. Entre abril y mayo se registraron enfrentamientos entre grupos armados en Petare, el barrio popular más grande de América Latina.

Posteriormente los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado entraron en acción contra la banda de "Wilexis".

En la Cota 905, cercana a La Vega, en los últimos meses fueron habituales también los enfrentamientos entre la policía y la banda del "Coqui".

A final de 2020, el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) publicó su informe anual en el que destacó el descenso de los fallecimientos respecto a 2019 por la pandemia de coronavirus en un país que, sin embargo, sigue siendo el de mayor número de muertes violentas de América Latina: 11.891 en 2020, es decir 45,6 por cada 100.000 habitantes.

La gran novedad del informe es que del total de muertes violentas, un 35,5% fue a manos de la policía, en lo que se clasifica como "resistencia a la autoridad", una cifra superior a la de los homicidios.

"Por primera vez fueron más los muertos por la policía que los asesinados por los delincuentes", dijo Roberto Briceño-León, presidente del OVV.

Según los cálculos de Provea, de 2010 a agosto de 2020 más de 27.000 personas han sido asesinadas por organismos policiales y militares, "con un crecimiento significativo en los últimos cinco años desde que surge la OLP".

¿Qué es la OLP?

Desde que el gobierno de Venezuela creó en julio de 2015 la Operación de Liberación del Pueblo (OLP), han aumentado las denuncias por asesinatos y desaparecidos a manos de la policía.

De julio de 2015 a febrero de 2016 el gobierno dijo que hubo 245 víctimas y 2.310 detenidos. Después dejó de hacer público el conteo.

La OLP, en la que participan fuerzas especiales civiles y militares, nació el 13 de julio de 2015 como un nuevo plan contra el crimen, pero no hay ningún documento oficial y público que detalle su metodología ni sus metas, denuncian las organizaciones de derechos humanos.

El presidente, Nicolás Maduro, dijo entonces que el objetivo era "apretar al máximo el castigo de todos los crímenes".Y la OLP ha golpeado especialmente en los barrios más pobres, los más violentos, allí donde la presencia del Estado es escasa y donde los policías son el enemigo de las bandas.

A esas bandas se les entregó las llamadas "zonas de paz", sectores en los que pueden ejercer control a cambio de garantizar seguridad.

"Pero eso se ha ido extendiendo a dinámicas de control territorial y se le ha escapado de las manos al Estado", dice a BBC Mundo Andrés, líder social de la Vega.

La respuesta del Estado contra la violencia ha sido más violencia.

¿Qué son las FAES?

Es el grupo de la policía más temido por su poder de fuego y por su despliegue con armas largas, capuchas e incluso máscaras con el símbolo de la calavera.

Son los comandos de la Fuerza de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana de Venezuela, una unidad de élite activada en 2017 por orden directa del presidente Maduro.

Su misión, dijo el mandatario, es el "proteger al pueblo frente al crimen".

En junio de 2019, la Oficina de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, documentó decenas de casos de ejecuciones extrajudiciales en el país, algo que este fin de semana denunciaron también vecinos de La Vega.

El informe de Bachelet incluyó entre sus recomendaciones finales la disolución de las FAES y la apertura de una investigación independiente sobre su actuación que atendiera a las víctimas.

Pocos días después de que se hiciera público el informe, Maduro apareció en un acto con efectivos de las FAES.

"¡Viva el FAES!", proclamó.

En septiembre del año pasado el informe de la Misión para la Determinación de los Hechos en Venezuela de Naciones Unidas dijo que "hay bases razonables" para creer que tanto el presidente Maduro como los ministros del Interior y de Defensa contribuyeron a la comisión de crímenes que entran dentro de la categoría de lesa humanidad.

"Las autoridades dieron ayuda esencial, incluida material, logística y en recursos humanos, que era necesaria para las operaciones de seguridad e inteligencia que resultaron en la comisión de los crímenes", dice el informe.

El gobierno aseguró que el reporte está lleno de "falsedades", pero en los últimos meses ha estado trabajando de cerca con la oficina de Bachelet.

También en septiembre, Bachelet habló sobre los derechos humanos en Venezuela e insistió, entre otras cosas, en las acciones de las FAES.

"Me preocupan los altos números de muertes de jóvenes en barrios marginados como resultado de operativos de seguridad. Basado en un análisis de fuentes abiertas, mi oficina registró 711 muertes de junio a agosto, llegando a más de 2.000 muertes desde enero de 2020", expresó la expresidenta de Chile.

"El Ministerio Público informó que recientemente se habría imputado a 70 funcionarios de las FAES en distintos estados del país", dijo Bachelet sobre la actuación de la fiscalía.

Las palabras de Bachelet ponían de relieve que hubo una cierta reacción del Estado para castigar los excesos de estos operativos.

De hecho, el fiscal, Tarek William Saabadmitió públicamente los excesos de un cuerpo que, sin embargo, sigue operativo.

"Ahora la modalidad es el secuestro que promueven funcionarios policiales. Hay dos denunciadas vinculadas a las FAES nuevamente", señaló Saab en noviembre en la televisión estatal.

"Yo no entiendo qué es lo que está pasando con las FAES. Son 800 o 1.000 policías. Es mentira podrida que por ellos se han reducido los índices delictivos", agregó, restando importancia al supuesto papel del cuerpo en la estrategia contra el crimen.

Crisis en Venezuela | "Nunca pensé que pasaría hambre en mi vejez": cómo es vivir con una pensión de US$1,3 al mes

 





Agencias.
BBC Mundo.




En 1980, la vejez era una eventualidad lejana para Norma Mujica.

"Tenía 27 años, me casé y con mi esposo bailaba salsa en las discotecas. Nos gustaba mucho Oscar de León y Celia Cruz. A veces comíamos comida china en algún restaurante y los fines de semana íbamos a la playa o a pasear", recuerda con nostalgia.

A sus 67 años, sus días transcurren de una manera muy distinta a lo que imaginó. Su pensión, que comenzó en un monto equivalente a US$172 mensuales, solo representa ahora US$1,3 al cambio por la continua devaluación del bolívar, la endeble moneda venezolana.

Su casa, en la cima de una empinada subida mal asfaltada, evidencia que ya no es tiempo de construir, sino de sobrevivir: techo de zinc, paredes de cemento descascaradas por la humedad y decoradas con afiches de Jesús, piso con baldosas que todavía esquivan el deterioro, muebles con la madera desconchada, una vieja lavadora, cocinita a gas, cortinas gastadas.

Entre timbales

Norma camina con lentitud, vestida con una bata un tanto raída, arrastrando una imitación de zapatos Crocs que usa con medias de lana. Se sienta en una pequeña silla de plástico y cuenta que desde que nació ha vivido en la parroquia 23 de Enero, una zona popular que se levanta sobre un cerro al oeste de Caracas.

"Mi papá tocaba timbal en una orquesta, aquí en el 23 siempre hubo mucha salsa y merengue", dice.

"Con mi esposo compré esta casita y poco a poco la mejoramos con arena, cemento. Cuando cumplí 40 años dios me escuchó y tuve mi único hijo, me costó mucho quedar embarazada", recuerda.

"A Eliécer nunca le faltó nada".

Su esposo, Rafael Alcalá, trabajaba de asistente en el departamento de sistemas de un banco y ella, desde los 19 años, lo hacía en un organismo público gubernamental: el Instituto de Previsión y Asistencia Social del Ministerio de Educación.

El Instituto brinda asistencia médica a los maestros que trabajan para el Estado.

"Hice de todo, secretaria, mensajera y como tenía el bachillerato asistí a cursos y me gradué de técnico de registro médico. Entraba a las diez de la mañana y salía a las nueve de la noche", cuenta Norma.

La enfermedad

En 2000 sufrió un accidente cerebrovascular en el trabajo. "La tensión arterial me subió muchísimo, caí al piso y estuve grave", recuerda.

Con el tiempo recuperó el habla y pudo caminar nuevamente con ayuda de un bastón. Pero no regresó al trabajo. El Estado le otorgó una pensión por invalidez a partir del 29 de septiembre de 2000 que adelantaba su pensión de vejez.

Para ese entonces, la pensión de Norma equivalía a US$172 mensuales que le permitían cubrir todas sus necesidades básicas.

"Compraba suficiente comida, pagaba el teléfono, las medicinas y además mi esposo trabajaba", cuenta.

El expresidente Hugo Chávez había impulsado en 1999 una reforma de la Constitución que incluía la obligación del Estado de pagar un salario mínimo que cubriese las necesidades básicas, y las pensiones se igualaron a ese parámetro.

En 2015 el esposo de Norma falleció y la pensión se convirtió en su único ingreso.

El colapso

Formalmente el sistema de pensiones en Venezuela es de reparto, una modalidad donde los trabajadores activos contribuyen con un porcentaje de su salario para costear las pensiones de la población en edad de retiro.

Pero el aporte es muy poco porque muchos trabajadores, sobre todo los más cualificados, se han marchado del país, los salarios son bajos, el bolívar está depreciado y buena parte de los empleos están en el sector informal de la economía y no contribuyen al sistema.

Por lo tanto, el costo de las pensiones de 4,5 millones de venezolanos recae en el Estado. Y las cuentas no cuadran.

La principal fuente de ingresos es el petróleo, que provee nueve de cada diez dólares que ingresan al país. Y la extracción ha caído de manera pronunciada desde 2017, situándose a niveles de 1940.

Esa es una de las causas de un Estado empobrecido, sin recursos, con un ingreso ínfimo de divisas, a lo que se suma la mayor inflación del mundo que devalúa sin freno la moneda nacional, el bolívar.

En este entorno, durante los últimos tres años el Banco Central ha recortado continuamente la oferta de dólares, en los que los venezolanos se refugian para tratar de conservar algo de valor. Entonces, la cotización de la moneda estadounidense aumenta a un ritmo febril que pulveriza el valor del cambio en dólares de las pensiones.

El colapso ha hecho que la calidad de vida de la gran mayoría de los ancianos descienda violentamente, dejándolos en una gran vulnerabilidad.

Vivir con casi nada

Tras la escalada del dólar, los bolívares que recibe Norma por su pensión apenas representan US$1,3 al mes. Aparte recibe primas por antigüedad, un extra por jubilación y bonos que el gobierno reparte para tratar de aliviar el deterioro. Pero al sumar todo su ingreso puede llegar a los US$5 mensuales, que alcanzan para comprar un kilo de carne.

Entre sus prioridades no está, sin embargo, la carne, sino la pastilla que debe tomar diariamente para regular la tensión arterial.

Se las entregan en Farmapatria, el sistema del Estado para el reparto de medicinas, pero no siempre las recibe a tiempo. Por eso ahorra para esa eventualidad.

"Lo poco que me dan lo voy juntando para comprar las medicinas cuando haga falta. No me alcanza para una caja completa, pero al menos compro media caja, que trae 20 pastillas".

Explica que los médicos le han advertido que debe regular la tensión arterial para minimizar el riesgo de otro accidente cerebrovascular. "Gracias a Dios solo pocos días he estado sin la pastilla. Algunas veces mi hijo ha hecho un esfuerzo y me compra algunas. Cuando no la tomo no puedo dormir, me da miedo".

Para llegar a Farmapatria camina con su bastón alrededor de un kilómetro y medio hasta la estación del metro más cercana. Al salir de su casa se enfrenta a una bajada pronunciada, en la que es fácil perder el equilibrio.

Luego, atraviesa unas aceras con huecos y desniveles, copadas por vendedores ambulantes y bolsas de basura. Al regreso, la bajada se convierte en una subida que la obliga a descansar continuamente.

En el metro, gratuito para los ancianos, hace un trayecto de tres estaciones.

"Tengo que caminar, si me quedo aquí me voy a quedar postrada en una cama y yo no quiero eso. A veces me duele el pie porque no hace mucho me caí y me doblé el tobillo, lo tengo hinchado, pero yo camino", dice Norma.

Muy poca comida

Su alimentación depende exclusivamente de las cajas de comida que reparte el Estado a las personas de bajos ingresos.

"La caja llega cada mes y medio. La última vino con dos kilos de arroz, dos paquetes de harina para hacer arepas, dos kilos de pasta, unos paquetes de garbanzos y café. Esta vez no trajo azúcar", explica Norma.

"Hoy me voy a comer de desayuno un bollito de harina, algo de café y un huevo que me regalaron. Al mediodía, garbanzos con algo de arroz y en la noche otra vez garbanzos. Me la paso mareada".

"Hace mucho tiempo que no como carne, pollo, leche; nunca pensé que pasaría hambre en mi vejez y no soy yo sola, muchos en el barrio están igual", agrega.

Su hijo no puede ayudarla ahora.

"Tiene 25 años, está casado y tiene dos hijos. Hasta hace poco estaba trabajando en un restaurante, donde le pagaban sueldo mínimo, pero con lo de la pandemia tuvo que dejarlo; para poder comer está haciendo tortas con su esposa".

Bajones de luz y agua amarilla

De la época en que podía comprar electrodomésticos Norma atesora una vieja lavadora que todavía le funciona, la nevera y un televisor que le sirve para distraerse. Su temor es que las variaciones en el voltaje de la electricidad y los cortes de luz, que se han vuelto recurrentes en el país, dañen los aparatos.

"Así se me dañó el microondas, ya no prende. Ahora es imposible comprar otro", dice preocupada.

Y no sólo el servicio de luz se ha deteriorado en el barrio.

"Casi siempre estoy dos días de la semana sin agua. Menos mal que cuando vivía mi esposo compró un tanque de plástico que tengo en el baño. Pero el agua está llegando muy sucia, amarilla, por eso tengo que hervirla".

Norma esquiva el tema político, evita hablar de si apoyó o no en algún momento al expresidente Hugo Chávez o si votará en las elecciones parlamentarias previstas para diciembre de este año. Se muestra resignada, sin expectativas de un cambio que alivie su cotidianidad.

"Ya no espero nada bueno, siempre todo es peor", dice.