Periodista.
El diccionario de la Real Academia Española la define como “a) Una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. b) Derecho, razón, equidad. c) Conjunto de todas las virtudes, por el que es bueno quien las tiene. d) Aquello que debe hacerse según derecho o razón.”
La Constitución de 1999 la describe como uno de sus principales valores y por ello les garantiza a los venezolanos y venezolanas que la misma será “gratuita, accesible, imparcial, transparente, autónoma, independiente, responsable, equitativa, sin dilaciones indebidas, sin formalismos, o reposiciones inútiles.”
Sin embargo, esta anima en pena, aun no encuentra la manera de resolver sus asuntos en este país, para poder encontrar esa paz interior que le permita cruzar al otro lado, y de esa forma poder dar por finalizado ese castigo eterno al cual está sometida producto de intereses ajenos a su voluntad y así ejercer lo que por derecho le corresponde, tomar las decisiones basadas en hechos y no por coerción.
Ella está presente en nuestra vida cotidiana. La vemos ir y venir constantemente favoreciendo a algunos mientras es golpeada, vejada y vilipendiada por los otros a quienes sus decisiones no les favorecen o agradan, ya que creen que el razonamiento de esas decisiones no tienen justificación alguna, producto claro esta de la manipulación vulgar a la cual es sometida por sus amos.
Una parte de ella reside en Venezuela. Un país donde aquellos que ostentan el poder hacen uso de los más bajos y asquerosos ardides para, como una suerte de esclavo que solo es dueño del látigo y las cadenas que están ceñidas a su cuerpo, cometer y dictaminar los actos más atroces jamás conocidos por la humanidad, bajo un nombre vacio, cuyo único llamado lo conoce aquel a quien está sometida.
Para quienes aun no logran dar con la identidad del personaje, en algunos países se llama Justicia, en Venezuela sencillamente todavía no tiene nombre. En este país su nombre se lo da aquel que, cual bastón mágico en poder del peor de los villanos, hace un uso grotesco y asqueroso de las facultades que de ella emanan.
Su última víctima no deseada y conocida, Leopoldo López. Dirigente de oposición, fundador del partido Voluntad Popular, quien en uso de sus derechos constitucionales, alzo su voz, al igual que una gran mayoría de venezolanos y venezolanas, en contra de un régimen dictatorial, que sin ninguna clase de vergüenza, ha conducido a todo un país por el camino del odio y la miseria.
El verdugo, la jueza Susana Barreiros, quien llevo lo que por mandato constitucional debía ser un juicio apegado a derecho, tal cual como lo explique en el segundo párrafo de este articulo, a un vulgar paredón, donde incluso antes de dar inicio al mismo, ya la decisión sobre la suerte del acusado estaba tomada.
Al final de esta triste novela, la mujer sin nombre termina convirtiéndose en la villana descarada, cuyas acciones fueron conducidas por un grupo de inescrupulosos, bajo la sombra de un poder desvirtuado, donde en uno de los bandos deseaba sacarse del camino una inmensa piedra, capaz no solo de mover montañas, sino también a todo un país, y del otro, una juez que por mantener estatus, poder y posición social, vendió su conciencia y nombre al mejor postor.
Solo resta esperar que estas personas, al final del día, tengan la suficiente fuerza moral de mirar a sus hijos a los ojos y responderles con sinceridad, esa pregunta de la cual no podrán escapar jamás y que en algún momento llamara a la puerta de la curiosidad infantil, para así acercárseles y preguntarles ¿Qué o quién es esa mujer a la que llaman Justicia?
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